Capítulo 6 · 6 min de lectura
Una promesa demasiado buena para cumplir
El martes, Joep terminó el discurso. Lo metió en una carpeta de cubierta transparente. También había un dibujo de la portería nueva, un trofeo y una foto de un marcador.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó Vera.
—De un folleto. Papá lo tenía todavía.
El marcador tenía grandes números rojos. En la foto ponía 8–0. Vera esperaba que no tuvieran que usar aquel resultado en todos los partidos.
Aquella tarde presentarían sus proyectos a un grupo pequeño. Era un ensayo para el sábado. Safia colocó tres sillas delante de la clase. Eef dejó sus notas en la del medio. Vera se sentó a la izquierda. Joep se quedó de pie.
—Este es mi proyecto de fútbol —dijo.
Mantuvo la carpeta abierta. Los números rojos brillaban detrás del plástico.
—Una portería nueva. Con una red que no se rompa. Y un marcador para nuestros partidos. Así todos verán quién gana.
—¿Y si nadie sabe el resultado? —preguntó un chico.
—Contaremos.
—Eso ya lo hacemos.
Joep señaló los números. «Pero escrito bien grande».
Alguien se rio. Joep sonrió. Así era el Joep que Vera conocía: anunciar algo enorme y esperar a que todos lo siguieran.
—Y podemos hacer un partido en la fiesta. El ganador recibirá un trofeo.
—¿Como el del cartel? —preguntó Eef.
—Algo parecido.
Joep cerró la carpeta y la puso sobre su silla. «Eso es todo».
Safia preguntó cuánto costaba el plan.
Miró la carpeta. «Ciento veintinueve por la portería. Ochenta y nueve por el marcador».
—¿Y el trofeo?
—Eso todavía lo tengo que mirar.
Vera empezó a sumar. Ciento veintinueve más ochenta y nueve superaban los ciento ochenta. Sin el trofeo. Sin el partido. Sin todo lo que a Joep se le ocurriera añadir si seguía hablando.
Pensó en su techo. En la interrogación de los cojines. El viernes había explicado enseguida que quizá no se pudiera hacer. Joep, en cambio, decía que su proyecto ya estaba listo.
—Por ciento ochenta te darán un marcador sin números —dijo.
El chico del frente se echó a reír. Una chica detrás de él se unió. Joep miró a Vera.
Quería que él viera que las cuentas no salían. Ahora vio cómo apretaba el borde de la carpeta. Los dedos doblaban el plástico.
—Yo no dije eso —dijo.
—Pero no puedes pagarlo todo.
—Todavía puedo encontrar una solución.
—¿Cuál? ¿Media portería?
Las risas aumentaron. Vera sintió aquel pequeño gusto de hacer un chiste que funcionaba. Por eso tardó demasiado en decir que debería haber preguntado de otra manera.
Safia apartó su silla. «Hoy revisamos los proyectos. Todos tenemos que averiguar cosas, también lo que no funciona. Joep, esos dos precios suman doscientos dieciocho euros. ¿Qué prefieres conservar?»
Joep ya no miraba a los otros niños.
—La portería —dijo.
—Entonces ponla primero. El resto lo puedes revisar más adelante.
Cogió la carpeta. Mientras Eef hablaba, se quedó callado mirando una marca en la pared junto a la pizarra.
Eef quería palas nuevas, dos rastrillos pequeños y una carretilla. También un borde bajo junto al arenero, para que la arena no invadiera el camino. Había buscado precios y escrito preguntas para Bram. Él aún no había calculado el coste del borde. Eef lo explicó.
Después habló Vera. El club de carpintería buscaría madera sobrante. Su abuela tenía dos cojines azules. Quizá pudieran guardarse bajo una tapa. No habría techo.
—¿Por qué? —preguntó el chico que más quería una portería.
—Cuesta demasiado.
Miró a Joep. Vera lo vio. No quería que nadie se riera ahora.
Después del ensayo, Joep salió sin esperar. Vera lo alcanzó junto a las bicicletas. Giró la llave del candado. Se oyó un clic: lo había cerrado en vez de abrirlo.
—Tu carpeta es bonita —dijo Vera.
Joep giró la llave hacia el otro lado.
—La elegimos juntos. Con el plástico resistente.
—Sí.
Vera se metió las manos en los bolsillos. No le había devuelto el lápiz a Bram. Sintió su punta corta y roma contra su pulgar.
—Quizá podrías hacer que repararan la red —dijo Vera—. En vez de comprar otra portería.
Joep sacó la bicicleta. «Ya lo sé».
—Solo quería decir…
—Sí. Media portería. Muy gracioso.
Se marchó antes de que ella respondiera. En la esquina tuvo que frenar por una madre con un cochecito. Vera lo vio apoyar el pie en la acera. Allí tenía que pararse muchas veces. Hoy deseaba que siguiera sin detenerse, para no tener que mirarlo tanto rato.
Volvió a clase. El cartel estaba sobre una mesa. Por la ventana abierta oyó que alguien repetía el chiste del marcador.
Safia estaba ordenando una pila de cuadernos. «¿Necesitas algo?», preguntó.
Vera negó con la cabeza. Cogió su cartel y lo enrolló.
—Pensé que su plan costaba demasiado.
—Lo era.
Safia apiló los últimos cuadernos.
Vera se quedó donde estaba. «No le gustó que yo dijera eso».
—¿Qué dijiste?
Vera miró su cartel enrollado. El árbol casi había desaparecido. Sólo el banco sobresalía del borde.
—Cómo lo dije —respondió.
Safia asintió y cogió el abrigo. Vera no pidió más ayuda. Ya sabía qué le faltaba a su propio plan. Y no tenía nada que ver con la madera ni con el dinero.