Capítulo 4 de 120%

Capítulo 4 · 6 min de lectura

¿Qué pasa si llueve?

El viernes había una pregunta en el cartel de Vera. Alguien la había escrito a lápiz, pequeña pero atravesando el respaldo: ¿Y SI LLUEVE?

Vera intentó borrarla. El lápiz se aclaró. El rotulador verde también. Quedó una mancha descolorida en el banco.

Dejó de frotar.

—Deberías decir que tu banco es impermeable —dijo Joep.

—Los bancos no lo son.

—Entonces hazlo impermeable.

Lo dijo como si hubiera un botón para eso.

Dibujó un techo sobre el castaño. Apenas cabía. Por una esquina asomaba el cartel de Miep que estaba colgado al lado.

—Ya hay un árbol —dijo Eef.

—Eso no detendrá toda la lluvia.

—¿Y un techo sí?

Vera miró el dibujo. Debajo del banco, por lo menos, había conseguido esconder buena parte de la lluvia.

Aquella tarde se puso en la verja con el cartel. Safia había dicho que podían preguntar a los demás qué opinaban de sus proyectos. A Vera le resultaba más difícil que dibujar. No se podía borrar a un niño si decía algo desagradable.

El primero pasó de largo. El segundo preguntó si podría comer en el banco. Vera no veía por qué no. El tercero quiso saber cuántos niños cabrían.

—Cuatro —dijo.

—¿Los mayores también?

—Creo que sí.

Un chico de la clase de los mayores dijo que quizá la votaría si había techo. Vera asintió sin pensarlo. Él se fue satisfecho.

—Con techo —se dijo Vera en voz baja.

Las palabras ya se sentían más pesadas que cuando las dibujó.

Al otro lado del patio, Joep ayudaba a Eef a sujetar el cartel. Eef había traído una cinta métrica. Marcó en el suelo el ancho de una carretilla pequeña. Puk se puso dentro del dibujo y dijo que era su casa.

Vera volvió a mirar su árbol. Quizás un gran trozo de plástico podría ser un techo. O una sombrilla. Una vez su madre compró una sombrilla que cabía en una caja. La caja ni siquiera era muy grande.

Entonces oyó un traqueteo. Bram, del club de carpintería, pasaba con un carrito lleno de trozos de madera. Vera lo conocía de una tarde de manualidades. Sabía serrar recto sin gastar antes medio bosque. A ella le parecía muy difícil.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —dijo.

Bram paró el carro. «Si es por un eje nuevo, yo también tengo una pregunta».

Vera le mostró su cartel.

Estudió el banco. «Bonito lugar».

—¿Podrías hacer uno así?

—Quizá. ¿De qué tamaño?

Vera estiró los brazos. «Más o menos así de grande».

Bram abrió también los brazos. Su banco era enseguida mucho mayor que el de Vera.

—Las medidas vienen bien —dijo—. Si no, cada uno dibuja un banco distinto.

Vera bajó los brazos.

—Tienen que caber cuatro niños. Y cojines. Y un techo.

—¿Un techo?

Ella señaló.

Bram miró el castaño. En el dibujo, el techo atravesaba las ramas. «El árbol ya te da sombra. Para un techo necesitas postes y sujeciones fuertes. No querrás que a alguien le caiga la tapa encima cuando sople el viento».

—No es una tapa. Es un techo.

—Entonces le caería algo todavía más pesado.

Lo dijo con calma. Eso hizo que sonara peor.

—¿Cuánto dinero tenéis? —preguntó.

—Ciento ochenta euros.

—¿Para todo?

Vera asintió.

—El club puede buscar madera sobrante para un banco sólido. Pero ¿un banco y un techo seguro por ese dinero? Yo no contaría con ello.

Vera bajó un poco el cartel. Ahora el techo estaba escondido detrás del costado del carro.

—Realmente no lo he prometido —dijo.

Solo había asentido. Asentir no era una frase entera. Aun así, seguía oyendo al chico: si hay un techo.

Bram sacó un lápiz del bolsillo de su chaqueta. Era casi tan corto como los trozos de madera de su carro.

—Empieza por lo que necesitas —dijo—. Un sitio para sentarse. Un sitio seco para los cojines. A lo mejor podéis guardarlos dentro. Toma las medidas. El lunes veremos qué se puede hacer.

Le dio el lápiz. «Todavía sirve para hacer un buen dibujo».

Vera no se rio enseguida. Después lo cogió.

Cruzó la verja. El chico de la clase de los mayores estaba junto a su bicicleta. Vera quiso fingir que no lo había visto. Acababan de hablar. ¿No podía esperar a mañana?

Pero para el lunes quizá él ya les habría dicho a otros que el banco tendría techo. Entonces tendría que explicárselo a más gente.

—Sobre ese techo —dijo.

El chico puso una mano en el sillín.

—No sé si se podrá. Cuesta mucho. Primero necesito que alguien lo calcule.

Él miró el cartel. «¿Entonces puede que no haya techo?»

—Puede que no.

—Entonces no sé si votaré por ti.

Vera asintió. Esta vez su asentimiento significó exactamente lo que pretendía.

En casa, extendió el cartel sobre la mesa de la cocina. Tachó el techo con una X enorme. Su madre preguntó si el banco estaba en un mapa del tesoro.

—Es un cartel electoral.

—Eso también puede implicar una búsqueda.

Vera cogió otra hoja y dibujó de nuevo el árbol. Bajo el asiento dejó un hueco. Escribió: GUARDAR LOS COJINES SECOS. Después puso una interrogación.

Una interrogación no ayudaba mucho en un cartel. Parecía que ni ella misma tenía clara su idea.

Pero al menos sabía qué preguntarle a Bram el lunes.

Capítulos

La oca que fue alcaldesa

  1. 01Todos pueden participar7 minutos
  2. 02Una candidata sin bolsillos6 minutos
  3. 03Un cartel para la candidata equivocada7 minutos
  4. 04¿Qué pasa si llueve?Estás leyendo6 minutos
  5. 05El banco de prueba7 minutos
  6. 06Una promesa demasiado buena para cumplir6 minutos
  7. 07Las ocas no dan entrevistas7 minutos
  8. 08El arcón que nadie quiere7 minutos
  9. 09Otra vez las cuentas7 minutos
  10. 10El discurso sale volando9 minutos
  11. 11Dos colores de papel8 minutos
  12. 12La promesa que queda9 minutos

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