Capítulo 7 de 100%

Capítulo 7 · 5 min de lectura

Antes de la tormenta

Al anochecer había gente trabajando en todas las torres.

No bastante gente. No siempre la adecuada. Un panadero del Patio de la Sal tenía un oído excelente y no sabía juzgar cuándo soltar una cuerda. Dos pescadores de la Ensenada de las Redes discutían cada instrucción, hasta que Kes les dijo que los pondría en guardias distintas o los casaría: lo que diera lugar a menos discusiones.

Las campanas empezaban a ser otra vez problemas locales.

En el Noveno Muelle, Iona probó la nueva carcasa mientras su madre supervisaba la instalación del badajo. Los anclajes antiguos habían resistido mejor de lo esperado. El muro de debajo, no.

Habían evacuado los edificios junto al aliviadero. Algunas familias estaban con parientes. Otras, en el aula de la Colina del Vidrio, quejándose del viaje y de que no hubiera té decente. A nadie le habían prometido que su casa estaría a salvo.

Iona volvió una vez a casa para llevar sus cuadernos y el vaso de lápices de su padre a la habitación seca de la torre. Había tiempo para llevar más cosas. No consiguió elegir.

Un baúl de ropa. Su mejor tornillo de banco. Las medidas a lápiz en el marco de la puerta. Una bandeja de cierres de latón baratos que su padre había ordenado por tamaños y se había negado a etiquetar porque, decía, cualquiera con ojos podía verlo.

Tarin la encontró parada en medio del taller.

—Puedo llevar algo —dijo.

—No sé qué.

Él esperó.

Ella cogió el vasito de lápices y se lo entregó. Llevaba los cuadernos bajo el abrigo. Dejaron las otras cosas donde estaban.

En la esquina los alcanzó un mensajero de la Oficina de las Puertas. Se había roto una de las nuevas placas centrales. Los artesanos principales se negaban a colocar otra sin abrir los seis canales sellados.

—La magistrada ha autorizado un restablecimiento de emergencia —dijo el mensajero, sin aliento—. Quiere el plano de conexiones.

—Ya lo tiene —dijo Iona—. Tarin lo llevó ayer.

El mensajero miró de uno a otro.

—Entonces quiere que se lo explique a los artesanos.

A Tarin se le endureció la cara. Iona le tocó la manga.

—Esta noche, que lo llame como quiera.

Fueron a la torre central. Allí, bajo las nuevas y cautelosas órdenes de la magistrada, Iona ayudó a instalar la carcasa de siete vías que había preparado a partir del diseño antiguo. Permitiría que los corazones de los barrios respondieran de nuevo al del puerto. Los artesanos de la Oficina comprobaron cada conexión, discutieron un intervalo y acabaron acordando una corrección que ninguno habría podido hacer solo.

Iona estaba demasiado cansada para disfrutar de cuánto respaldaba aquello su propuesta.

Vey hablaba con los agentes junto a la puerta inferior. No se acercó al banco. Tarin se quedó a ayudar con los preparativos de la guardia central: ya no mandaba, pero sabía dónde estaban las herramientas.

Cuando Iona se marchó, él la acompañó hasta las escaleras exteriores.

El puerto estaba casi a oscuras. Solo la parte superior de las olas mostraba dónde caía la luz. Al otro lado del agua, las torres de los barrios se iluminaron una a una. Faroles corrientes, llevados por personas a las que habían pedido que acudieran y habían acudido.

—¿Te quedas aquí? —preguntó ella.

—Hasta que la guardia central esté lista. Después llevaré frascos de reserva al Noveno Muelle.

—Allí hay sitio para ti.

Él la miró. Las palabras habían dicho más de lo que ella pretendía.

—En el taller —añadió.

—Lo había entendido.

—No, no lo habías entendido.

Le apareció una sonrisa breve y cansada.

—No.

Entre ellos había un rollo de cuerda mojada. Alguien había dejado un farol en los escalones. Iona olía el aceite y el puerto y, debajo, el jabón con que Tarin se había lavado las manos.

—No sé qué pasará después de esta noche —dijo.

—Yo tampoco.

—No hablo solo de las campanas.

Sentía el pulso donde el abrigo le rozaba el cuello.

Él no se acercó.

—Me gustas —dijo, como si las palabras sencillas exigieran más valor que un discurso mejor—. Me gustaría conocerte cuando no estés intentando evitar que una ciudad se ahogue.

—Me quejo más cuando tengo menos que hacer.

—Me gustaría saber de qué.

Ella miró la cicatriz junto a su boca. Él la vio mirar.

—¿Puedo? —preguntó.

—Sí.

Primero le rozó la mejilla con el dorso de dos dedos, dejándole tiempo para apartarse. Ella no se apartó. Su boca estaba caliente a pesar del frío. La cicatriz apenas cambiaba nada. Iona agarró la tela de su camisa, más por tener algo firme bajo la mano que por atraerlo.

El beso duró unas pocas respiraciones. Alguien llamó desde dentro de la torre, y se separaron con la sorpresa de quienes han olvidado por un momento que viven entre otras personas.

Iona apoyó un instante la frente contra la de él.

—Ven al Noveno Muelle —dijo.

—He dicho que iré.

—Sí. Lo has dicho.

De vuelta por las calles estrechas, sacó el cuaderno bajo un arco seco y escribió unas frases. No porque esperara perder el beso. Porque llevaba años escribiendo las cosas solo cuando alguien amenazaba con quitárselas, y quería que una página empezara de otra manera.

Cuando llegó a su torre, su madre le miró la cara y, sabiamente, no dijo nada.

Capítulos

Un puerto hecho de recuerdos

  1. 01Una voz en la ventana5 minutos
  2. 02El corazón roto5 minutos
  3. 03La escalera sumergida6 minutos
  4. 04El trabajo de las manos5 minutos
  5. 05Siete bocas4 minutos
  6. 06La perspectiva de la magistrada4 minutos
  7. 07Antes de la tormentaEstás leyendo5 minutos
  8. 08El canal abierto7 minutos
  9. 09Después de la última respuesta3 minutos
  10. 10Una ventana nueva5 minutos

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