Capítulo 9 de 100%

Capítulo 9 · 3 min de lectura

Después de la última respuesta

Al amanecer, la gente descubrió hasta qué punto estaba cansada.

El cambio fue casi inmediato. En cuanto bajó el agua, hombres y mujeres que habían levantado pesos toda la noche apenas podían sostener una taza. Un campanero se sentó en la escalera y se durmió antes de terminar una frase. Nessa lloró en silencio por unos zapatos arruinados y luego se enfadó consigo misma porque otros habían perdido la casa.

Sela le dio un paño.

—Puedes enfadarte por los zapatos. Pero no les pidas a quienes han perdido la casa que te consuelen.

Los muelles bajos estaban inundados, pero la ciudad seguía en pie. El viejo dique seco estaba lleno de madera, barro y cosas que aún no podían identificar. Habían localizado a todos los hogares evacuados de la calle del aliviadero. Había heridos, tejados rotos, barcos empujados hasta las escaleras. Quedaba trabajo para más tiempo del que nadie quería contar.

Iona estaba sentada en la habitación seca de la torre, sin botas. Alguien le había dado unos calcetines demasiado grandes. Los había doblado por las puntas.

Tarin llevó dos cuencos de caldo. Vaciló en la puerta.

—Puedes entrar —dijo ella.

—No quería…

—He perdido un beso, no la capacidad de saber quién está en la puerta.

Él entró. Ella se arrepintió enseguida de la brusquedad.

—Perdona —dijo—. Estoy cansada.

—Yo también.

Él se sentó a una distancia prudente. Bebieron el caldo sin hablar. Estaba demasiado salado y era lo mejor que Iona había probado en su vida, aunque ya no se fiaba de esas clasificaciones.

Después sacó el cuaderno. La página escrita bajo el arco había sobrevivido. La tinta se había corrido un poco en el borde.

Él preguntó. Dije que sí. Había un farol en el escalón y agarré su camisa. No estaba pensando en el mar.

Las palabras eran suyas. Reconocía la presión de su pluma. Más allá había una ausencia de bordes limpios.

Tarin miró la ventana mientras ella leía. Le concedía intimidad en una habitación demasiado pequeña para eso, e Iona quiso aquel esfuerzo antes de estar preparada para darle nombre al sentimiento.

—¿Estuvo bien? —preguntó.

Él se volvió.

—Sí.

—Tampoco ibas a decirme que no.

—No. Pero estuvo bien.

Ella cerró el cuaderno.

—Puedes contármelo alguna vez. No como si me devolvieras algo. Solo como algo que tú recuerdas.

—Me gustaría.

Ella le tendió la mano. Él la tomó sin fingir que aquel era el mismo momento que empezaba de nuevo.

Más tarde bajaron al taller.

El agua había forzado la puerta. El barro cubría el suelo y llegaba a media altura de los bancos. Había un cajón en la calle. Algunas herramientas se salvarían. Otras, no. Aún se veían las marcas en el marco de la puerta, aunque la madera se había abierto bajo ellas.

Iona se quedó en la entrada, con el abrigo desabrochado, y sintió una rabia sorda y absurda porque el mundo no le hubiera dejado una pequeña habitación a cambio de todo lo demás.

Tarin permaneció fuera hasta que ella lo invitó a pasar.

Empezaron por las herramientas más fáciles de alcanzar. Él las puso sobre una tabla en la calle. Ella lavó el barro de unos alicates en un cubo y después empezó a llorar sin dejar de trabajar.

Él solo tomó los alicates cuando ella se los tendió.

Ese día no hubo celebración pública. Alguien intentó organizar una y le dijeron que volviera con palas. Las guardias siguieron en las torres. Cuando llegaron agentes para hablar de devolver los badajos, los campaneros exigieron la solicitud por escrito y los nombres de quienes estuvieran dispuestos a firmarla.

No llegó ninguna solicitud antes de la siguiente marea.

Capítulos

Un puerto hecho de recuerdos

  1. 01Una voz en la ventana5 minutos
  2. 02El corazón roto5 minutos
  3. 03La escalera sumergida6 minutos
  4. 04El trabajo de las manos5 minutos
  5. 05Siete bocas4 minutos
  6. 06La perspectiva de la magistrada4 minutos
  7. 07Antes de la tormenta5 minutos
  8. 08El canal abierto7 minutos
  9. 09Después de la última respuestaEstás leyendo3 minutos
  10. 10Una ventana nueva5 minutos

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