Capítulo 6 · 4 min de lectura
La perspectiva de la magistrada
Las ventanas de la magistrada Vey dominaban todo el puerto. Desde aquella altura, los barrios bajos parecían una agradable disposición de tejados, sin apenas nada que indicara que debajo vivía gente.
La magistrada era más baja de lo que Iona esperaba. Llevaba el pelo muy corto. Tenía una mancha de tinta en el costado de un dedo y un plato de comida intacto junto a los papeles.
No parecía una mujer que estuviera disfrutando de una tarde tranquila.
—Siéntense —dijo.
Iona se sentó. Tarin permaneció de pie hasta que Vey lo miró.
—Ha usado un cargo del que estaba suspendido para retirar bienes municipales.
—Usé mi propio nombre.
—Eso no es una defensa.
—Lo sé.
Vey se volvió hacia Iona.
—Y usted les está diciendo a los hogares que no paguen el tributo.
—Les estoy mostrando lo que se paga con él.
—Su supervivencia.
—Mediante un diseño que ese mismo tributo está rompiendo.
—Un diseño que ha mantenido esta ciudad seca durante dieciocho años.
Iona dejó sobre el escritorio una copia del registro del antiguo maestro.
—Las campanas estaban en buen estado.
Vey no lo leyó. Sabía lo que decía.
—Las campanas estaban en manos de personas que podían decidir no tocarlas.
—Si las restablecemos, seguirán estándolo.
—Exactamente.
Fuera, una ráfaga lanzó lluvia contra el cristal. Vey esperó a que pasara.
—Antes de la centralización, yo era una empleada subalterna. Asistí a reuniones en las que los consejos de barrio amenazaban con retirar a sus campaneros. Por los salarios. Por las reparaciones. Por su representación. Algunas exigencias eran razonables. Otras, imposibles de cumplir antes de la siguiente marea. ¿Entiende lo que significa usar el mar como argumento?
Iona pensó en su madre eligiendo un recuerdo mientras los hombres quitaban las contraventanas.
—Sí.
Vey la miró durante largo rato.
—La recaudación central hizo previsible el suministro.
—Para usted.
—Para todos los que dependían de él.
—No todos pagaban de la misma manera.
—Ningún tributo es indoloro, señora Venn.
—Entonces quienes lo imponen deberían poder sentirlo.
Tarin se movió a su lado, pero no la interrumpió.
Vey abrió un cajón y sacó un documento más pequeño.
—Es usted una artesana capaz. Necesitamos gente preparada. Hay un puesto para usted en la Oficina, con un taller en el barrio alto. Su madre podría vivir con usted. El hogar estaría exento mientras prestara servicio.
La oferta acertó exactamente donde pretendía. Una habitación seca. Buen equipo. Los recuerdos de su madre, a salvo. Dejar de elegir qué partes de sus vidas podían convertirse en otra temporada de seguridad.
Iona miró el papel el tiempo suficiente para que Vey lo advirtiera.
—Seguiría reparando el corazón —dijo la magistrada—. Haciendo un trabajo útil. Esto no tiene por qué convertirse en una pelea entre personas que quieren lo mismo.
—El corazón necesita otras seis campanas.
—Necesita sobrevivir a la tormenta.
—Más vidrio y más recuerdos no cambiarán la carga para la que fue construido.
—Tenemos reservas.
Entonces habló Tarin.
—No bastan. Tiene mis mediciones.
—Sus mediciones contemplan el peor caso posible.
—El tiempo empieza a parecerse a ese caso.
Vey juntó los dedos.
Había leído las cifras. La explicación que había elegido le permitía seguir como antes.
Iona devolvió la oferta al otro lado del escritorio.
—No puede hacer desaparecer ese hecho contratando a más gente.
La expresión de Vey se cerró.
—Puedo ordenar que devuelvan los badajos.
—Puede enviar a gente a quitárselos —dijo Tarin— a las cuadrillas que se preparan para usarlos durante una tormenta. Me gustaría que pensara en lo que esa orden exige a su personal.
La magistrada se levantó.
Por un instante, Iona creyó que entrarían los agentes que esperaban fuera. En cambio, Vey tendió la mano hacia la llave de latón de Tarin.
—Su autoridad acaba aquí.
Él se pasó el cordón por encima de la cabeza y dejó la llave sobre el escritorio. Una línea pálida le marcaba la piel donde había descansado.
—Responderá por los bienes que ha retirado —dijo Vey.
—Sí.
—Y los dos deben entender que dejarlos marchar no significa absolverlos.
Iona se levantó.
—Llevar la llave tampoco —dijo.
En el pasillo, Tarin apoyó una mano en la pared. Por primera vez desde que habían entrado, parecía que no se sostenía bien.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—La llevaba desde los veinticuatro años.
—¿Quieres recuperarla?
Él se tomó la pregunta en serio en vez de darle la respuesta que ella esperaba oír.
—Una parte de mí, sí.
Iona se acercó.
—Pues prefiero oír eso a un discurso sobre lo poco que importa.
Él la miró con una expresión cansada, sin defensas.
Por un momento, Iona estuvo a punto de tocarle aquella zona pálida del cuello.
Entonces sonó la campana del puerto, y los dos se volvieron hacia el sonido.