Capítulo 1 de 100%

Capítulo 1 · 5 min de lectura

Una voz en la ventana

Cuando Iona llegó a la cabeza de la cola del tributo, ya había decidido entregarles la tarde de los albaricoques.

Había sido una buena tarde. Tenía dieciséis años, acababa de empezar como aprendiz y comía fruta robada con Kes en el tejado del taller. A una de las dos se le había caído un hueso en el barril de agua de lluvia del maestro, y habían pasado una hora intentando sacarlo antes de que él lo descubriera. Aún sentía el calor de las tejas a través de la falda. Le dolería perder aquella tarde.

Mantuvo el recuerdo presente mientras el tasador ajustaba la balanza.

—¿Hogar?

—Venn. Noveno Muelle.

—Dos residentes.

—Sí.

—Tributo de tormenta pendiente. Tres marcas de recuerdo nítido.

—Dos. Eran dos cuando llegó el aviso.

Él dio unos golpecitos a un segundo aviso, junto a su codo.

—Revisado esta mañana.

La cola se removió a su espalda. Fuera, la lluvia golpeaba las escaleras de la Casa del Tributo. Todos los que esperaban habían elegido ya qué perder. Algunos tendrían que volver a elegir.

—¿Por orden de quién? —preguntó Iona.

—De la Oficina de las Puertas.

—Eso es un edificio.

El tasador levantó la vista. Lo conocía un poco. En invierno, su hija había llevado una campanilla rota al taller. Él había pagado tarde y se había disculpado de veras. Ahora nada de aquello les servía a ninguno de los dos.

—Se acerca una tormenta.

—Ayer también se acercaba.

—Yo no fijo el precio, señora Venn.

Al fondo de la sala, un hombre de abrigo oscuro se volvió hacia ellos. Del cuello le colgaba la llave de latón de la guardia del puerto. Llevaba los hombros mojados y la expresión de alguien que ha llegado cuando un error ya está en marcha.

—¿Quién ha revisado el tributo? —preguntó.

El tasador le mostró el aviso. El guardia leyó el sello y después miró a Iona.

Ella lo reconoció.

Seis años antes había estado en la puerta de casa de su madre, mientras dos hombres retiraban las contraventanas porque la familia no había pagado. Habían trabajado con eficacia. Él había mantenido entonces aquella misma expresión concentrada y atenta, como si poner orden en algo pudiera evitar que fuera cruel.

—Deberían haber avisado de la nueva tasación —dijo.

—Han avisado —respondió Iona—. A quienes ya han venido a pagarla.

Él no apartó los ojos.

—Puedo devolver esto para que lo revisen.

—¿Y mientras tanto?

El tasador miró la cola.

—Los hogares que no hayan pagado perderán el sello de protección con la próxima marea.

Su madre estaba en casa. Habían cubierto con tablas las ventanas de abajo para resistir el temporal. Sin el pequeño sello doméstico, la madera y los ladrillos corrientes tendrían que soportar todo lo que la campana del puerto no consiguiera mantener fuera.

—¿Cuánto tarda una revisión? —preguntó Iona al guardia.

—Más de lo que usted tiene —dijo él.

Agradeció la verdad lo suficiente para odiarlo con mayor claridad.

El tasador puso un frasco vacío sobre la balanza. Era de vidrio sonoro, fino como una piel de cebolla, con la boca de plata. Cuando Iona apoyó la mano, la tarde de los albaricoques se encendió detrás de sus ojos.

La aguja subió hasta la segunda marca y se detuvo.

—No basta —dijo el tasador.

—Ya lo veo.

Un recuerdo debía estar lo bastante entero para sostenerse por sí solo. No una lista de lo sucedido; tampoco una historia aprendida de otra persona. Un trozo vivido del mundo, con luz, sonido y sensaciones suficientes para que el vidrio lo absorbiera. El miedo servía. La felicidad también. Casi todos elegían algo de lo que podían soportar desprenderse. Después de tantos tributos, lo de soportarlo dejaba de ser una distinción útil.

Iona retiró la mano.

A sus veintinueve años podía nombrar casi todas las habitaciones en las que había vivido, pero recordaba con claridad menos de las que quería contar. Sabía la estatura de su padre, su oficio y cómo firmaba. Tenía dibujos. Tenía notas. Su voz solo le quedaba en una tarde intacta.

Estaba junto a la ventana del taller y le enseñaba a colocar un aro de cobre alrededor de un farol roto. Cantaba los mismos cuatro versos cada vez que la soldadura se resistía. Una canción ridícula sobre una mujer que se había casado con un cultivador de nabos y se había enamorado de su cabra.

Hacía mucho que había escrito la letra. Sin la melodía, no era más que un informe sobre las malas decisiones de otra persona.

Iona volvió a apoyar la mano en el vidrio.

La ventana apareció. Su padre se inclinó sobre su hombro. Olía a metal caliente y a las pastillas de menta que guardaba en una lata. Alzó la voz, cantando mal a propósito, y la aguja pasó de la tercera marca.

—Aceptado —dijo el tasador.

—Todavía no lo he entregado.

—Desde luego.

La sala esperó.

—Entrego este recuerdo para el mantenimiento del puerto —dijo ella.

El borde de plata se calentó. La luz se reunió dentro del vidrio.

Retiró la mano. En aquellos instantes, antes de que sellaran el frasco, aún podía recuperar el recuerdo. El vidrio sonoro sin consumir reconocía a la persona viva de la que procedía. Una vez consumido por la campana, ningún oficio de la ciudad podía devolverlo.

El tasador lo aseguró junto a la recaudación de la mañana.

—¿Recibo?

—Sí.

Escribió uno. Siempre lo preguntaba, aunque todo el mundo quería una prueba de que había pagado.

Iona dobló el papel y lo guardó en el abrigo. El guardia seguía junto al escritorio.

—¿Cómo se llama? —le preguntó.

—Tarin Ash.

—Ahora lo recuerdo.

—Yo recuerdo su casa.

—Qué incómodo debe de ser.

Se marchó antes de que él pudiera responder.

En el siguiente cambio de marea, la gran campana del puerto sonó una vez. Iona iba a medio camino de casa. Se detuvo bajo un toldo; la lluvia le goteaba sobre el hombro por un agujero de la tela.

La ventana del taller había desaparecido.

Podía describirla. La había descrito aquella mañana. Pero cuando intentó escuchar la canción, solo encontró la letra en su cuaderno y el ruido del agua que corría por la calle.

Se quedó allí hasta que un tendero le preguntó si quería entrar.

Capítulos

Un puerto hecho de recuerdos

  1. 01Una voz en la ventanaEstás leyendo5 minutos
  2. 02El corazón roto5 minutos
  3. 03La escalera sumergida6 minutos
  4. 04El trabajo de las manos5 minutos
  5. 05Siete bocas4 minutos
  6. 06La perspectiva de la magistrada4 minutos
  7. 07Antes de la tormenta5 minutos
  8. 08El canal abierto7 minutos
  9. 09Después de la última respuesta3 minutos
  10. 10Una ventana nueva5 minutos

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