Capítulo 8 de 100%

Capítulo 8 · 7 min de lectura

El canal abierto

La tormenta llegó a la ciudad con un ruido de carro que vuelca piedras en el mar.

La lluvia caía de costado. El agua subió por el muelle inferior, se detuvo en las primeras líneas de protección y permaneció allí, temblando, contenida por un sonido demasiado grave para oírlo bien. La campana central sonó. Respondió la Escalinata Sur. Después, el Patio de la Sal. Luego las demás, inseguras al principio, encontraron los intervalos que habían practicado.

Iona estaba junto al corazón del Noveno Muelle y observaba la luz reunirse en los canales.

Siete notas que se respondían. Por primera vez en dieciocho años, ninguna torre sostenía sola la negativa de toda la ciudad a ahogarse.

Abajo, la gente pasaba por el banco de donaciones. No formaba la antigua cola, donde un tasador anunciaba lo que debía cada hogar. Cada donante elegía qué entregar. El viejo maestro y dos tasadores formados comprobaban únicamente si el recuerdo era lo bastante nítido para sostenerse. Cualquiera podía parar antes de que sellaran el frasco.

Un hombre de la Colina del Vidrio contó la mañana en que su hija mayor había aprendido a montar. Con la mano en el vidrio, cambió de idea y se apartó, avergonzado.

—Elige otra cosa, o no elijas nada —le dijo Sela—. Nadie va a pedirte explicaciones.

Volvió más tarde con otro recuerdo. Iona no preguntó cuál.

Los frascos pequeños se acumulaban: una comida compartida, una hora en un jardín, una canción aprendida durante un viaje. Por separado, nunca habrían bastado para pagar el tributo central de aquella mañana. A través de los corazones restaurados de los barrios, con cada campana respondiendo a sus vecinas, servían.

No eran gratis. Iona vio a una mujer parpadear ante el lugar que acababa de ocupar un recuerdo, levantar la barbilla y tomar la mano de su amiga.

El agua al otro lado de la línea de protección bajó un palmo.

De abajo llegó una ovación. Sela gritó a los campaneros que no perdieran la cuenta.

El sistema resistió durante casi una hora.

Entonces se movió el muro agrietado bajo el Noveno Muelle.

Iona lo sintió a través de las suelas de las botas. Un desplazamiento lento, seguido de un ruido más agudo. La luz del corazón se inclinó hacia un canal y se quedó allí.

—Demasiada carga en el retorno inferior —dijo.

Sela escuchó el cambio de nota.

—Las otras pueden asumir un poco.

—No tanto.

Un mensajero subió por las escaleras, calado hasta los huesos.

—Entra agua por el almacén antiguo. Se está abriendo el muro de contención.

Iona miró el plano del aliviadero clavado en una viga.

Habían esperado reforzar el muro lo suficiente para mantener cerrado el paso. Abrirlo haría correr el agua por las plantas bajas de los edificios vacíos sobre el dique seco. Su taller. El almacén del tonelero. Las habitaciones donde llevaba cuarenta años viviendo la mujer que se había negado a donar otra vez.

Las familias conocían el riesgo y habían sido trasladadas. Aun así, Iona no podía dejar de mirar el plano.

—Abre el retorno —dijo Sela.

—Lo sé.

—Pues hazlo antes de que la campana nos lo diga dos veces.

Tarin llegó cuando Iona alcanzaba las escaleras. Traía dos cajas de frascos de vidrio sonoro vacíos. Tenía el pelo pegado a la frente y la manga izquierda empapada, incluida la venda.

—La guardia central está estable —dijo—. ¿Adónde vas?

—Al aliviadero.

Le pasó las cajas al mensajero.

—Conozco el mecanismo de abajo.

—Yo también.

—Sí. Hacen falta dos.

Ella lo dejó acompañarla.

Bajaron a un pasillo iluminado por faroles colgados por encima del nivel previsto del agua. Las previsiones empezaban a resultar vergonzosas. El agua alcanzaba el último escalón. Un carpintero y su ayudante habían retirado los pernos viejos de la rueda del aliviadero y esperaban una orden que ninguno quería dar.

—¿Han salido todos de los edificios? —preguntó Iona.

—Comprobado dos veces —dijo el carpintero—. Las cuadrillas de Kes han revisado las últimas puertas.

—Abrid.

La rueda se resistió. Los cuatro se apoyaron en ella para darle la primera vuelta. El óxido crujió dentro de la carcasa. El mecanismo se movió apenas, se detuvo y volvió a moverse.

Al otro lado del muro, el mar encontró el paso.

El ruido pasó de los golpes a un rugido hondo y continuo. El agua se precipitó hacia el viejo dique seco, levantando todo lo que había en las habitaciones de la planta baja situadas encima. Iona imaginó los cajones de su banco abriéndose. Las bandejas de cierres mezclándose. El orden cuidadoso y sin etiquetas de su padre desapareciendo en el agua marrón.

Tarin le vio la cara.

—No sueltes la rueda —le dijo ella antes de que pudiera hablar.

Él siguió sujetándola.

Cuando la compuerta estuvo abierta del todo, la aseguraron y volvieron a subir hacia la campana. Nadie le dijo que solo había sido un taller. Iona se lo agradeció a todos.

La luz del corazón se había enderezado, pero la tormenta seguía creciendo. En el banco quedaban cada vez menos frascos de reserva.

Nessa llegó con otro grupo de la Colina del Vidrio. Los acompañaban dos guardias, con fardos de ropa seca: no venían a anotar nombres ni a detener a nadie. Uno se puso en la fila de donaciones. El otro tomó una cuerda mojada de manos de un campanero al que habían empezado a temblarle los dedos.

Tarin se detuvo junto a un frasco.

Iona lo vio apoyar la mano. Cerró los ojos. La aguja subió y se estabilizó.

—¿Quieres decir qué es? —preguntó el tasador.

—No.

—No hace falta.

—Lo entrego —dijo Tarin.

El vidrio se llenó. Él se apartó y se apretó el puente de la nariz con los dedos, de pronto pálido.

Iona se acercó.

—Mi hermana —dijo él antes de que ella preguntara—. El día en que volvió a casa de un viaje largo. Pensé que se había olvidado de mí. No lo había hecho.

Iona le puso una mano en el brazo. No podía hacer que aquel precio fuera tan noble que dejara de dolerle.

La nota del Noveno Muelle vaciló. Sela pidió el siguiente grupo de frascos.

Iona cogió uno vacío.

—Has pagado esta mañana —dijo Tarin.

—Hace dos mañanas.

Él pareció desconcertado un instante, y después casi sonrió ante la corrección. Los días habían perdido los límites.

Ahora necesitaban recuerdos breves y enteros. No otra tarde de infancia pesada en la balanza para compensar seis barrios silenciados. Una pequeña pieza nítida, ofrecida junto a las demás.

Iona pensó en los albaricoques. En su padre. En aquellas pocas respiraciones sobre los escalones del puerto, la mano de Tarin en su mejilla, el alivio de haber dicho sí a algo que quería.

Él vio cambiar su expresión.

—¿Los escalones? —preguntó.

Ella asintió.

—No les debes eso.

—Lo sé.

Por una vez, saberlo importaba. Podía dejar el frasco vacío. Venía más gente. Nadie en la sala amenazaría su casa para obligarla a volver a poner la mano en el vidrio.

Miró a Tarin, que estaba frente a ella en vez de permanecer a salvo en un pasado al que nunca podría volver. No quería perder el beso. También sabía que eso no era todo lo que tenían.

—Era mío —dijo—. Déjame decidir.

Él asintió y apartó la mano del frasco.

Iona trajo el momento entero a la memoria: el farol, la cuerda, el calor de su boca. Lo entregó antes de que el miedo pudiera convertir aquella elección en otra forma de obediencia.

Su frasco se unió a otros doce en el estante.

La campana los consumió a la vez.

Fuera, la siguiente ola alcanzó la línea de protección, se alzó más que la anterior y rompió contra un muro que nadie podía ver.

Sela siguió contando. Al otro lado del puerto, seis campanas le respondieron.

Capítulos

Un puerto hecho de recuerdos

  1. 01Una voz en la ventana5 minutos
  2. 02El corazón roto5 minutos
  3. 03La escalera sumergida6 minutos
  4. 04El trabajo de las manos5 minutos
  5. 05Siete bocas4 minutos
  6. 06La perspectiva de la magistrada4 minutos
  7. 07Antes de la tormenta5 minutos
  8. 08El canal abiertoEstás leyendo7 minutos
  9. 09Después de la última respuesta3 minutos
  10. 10Una ventana nueva5 minutos

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