Capítulo 3 · 6 min de lectura
La escalera sumergida
Kes echó un vistazo al abrigo de Tarin y les cobró el doble por la barca.
—Trabajo de la Oficina —dijo—. Siempre tardan el doble en pagar.
—Él paga ahora —le dijo Iona.
—Entonces puede permitírselo.
Tarin contó las monedas sin discutir. Kes mordió una, aunque Iona estaba casi segura de que nunca había sabido qué debía comprobar.
Cruzaron el puerto antes del amanecer. La tormenta aún no había llegado, pero el mar ya se movía con una paciencia larga y desagradable. En la parte alta de la ciudad, las ventanas brillaban tras sellos de protección pagados con los recuerdos de otros. Más abajo, las contraventanas traqueteaban contra los ladrillos.
Tarin iba sentado junto a un rollo de cuerda, con el cuello del abrigo levantado. Sin el cierre reglamentario, casi habría pasado por empleado de algún barco. Las manos lo desmentían. Eran manos de trabajador, anchas, con los nudillos llenos de cicatrices. Iona las habría imaginado más suaves.
—Las inspecciones no se hacen todas detrás de un escritorio —dijo él.
Ella apartó la vista de sus manos.
—No he preguntado.
—No.
Kes puso rumbo a la sombra del viejo malecón. Bajo un arco de piedra, un embarcadero estrecho quedó al descubierto al bajar el agua. Tarin saltó a él, comprobó la argolla fijada en la mampostería y tendió la cuerda hacia la barca.
—El almacén da a una plataforma de carga —dijo—. Si los badajos siguen allí, necesitaremos tu barcaza en la próxima bajamar.
—Y seis personas para levantarlos —dijo Kes.
—Como mínimo.
—Bien. Un hombre que sabe que las cosas pesan.
Se quedó con la barca mientras ellos entraban.
El pasillo olía a sal, óxido y madera vieja. Tarin llevaba el farol. Iona contó los escalones, no porque tuviera miedo, sino porque esperaba tenerlo después y quería dejar algo útil hecho de antemano.
Diecinueve escalones hacia abajo. Un recodo. Otros once.
Al fondo, una puerta de bronce se alzaba sobre un umbral de piedra mojada. Tarin usó la llave que llevaba al cuello. La cerradura se resistió y después giró con un ruido de engranajes pesados.
La sala del otro lado contenía las piezas que les faltaban a seis barrios.
Los badajos descansaban en soportes de madera. Cada uno era más largo que el antebrazo de Iona. A su lado había carcasas, varillas y haces de cuerda vieja. Aún se leían los nombres de los barrios en las etiquetas: Escalinata Sur, Ensenada de las Redes, Colina del Vidrio, Puerta del Molino, Patio de la Sal, Noveno Muelle.
Ninguno parecía roto.
Tarin se quedó inmóvil.
—Dijeron que tres habían fallado —murmuró.
—¿Les creíste?
—Tenía dieciséis años. Sí.
Ella lo miró. Tenía once por entonces. Aquellos primeros años de tributos más altos le habían parecido otra decisión tomada en habitaciones donde los niños no podían entrar.
Sobre los badajos había estantes de libros envueltos en lona encerada. Iona encontró los registros de afinación y bajó uno. Su peso la sorprendió. Tarin dejó el farol sobre una caja y le quitó la mitad de la pila sin que ella se lo pidiera.
Las primeras páginas contenían ajustes, intervalos y los detalles de las afinaciones de cada estación. En el interior de la contracubierta, alguien había escrito un relato con letra pequeña y apresurada.
Badajos retirados por orden municipal. Instrumentos en buen estado en el momento de la entrega. Cuatro campaneros detenidos por negarse al traslado. No certificar avería en mi nombre.
Lo había firmado el antiguo maestro de la Escalinata Sur.
Iona sostuvo la página abierta mientras Tarin leía.
Fuera, el agua alcanzó el umbral.
—Tenemos que irnos —dijo él.
—Todavía no.
Encontró el plano general. Siete círculos unidos por líneas. Alrededor de cada círculo, cientos de marcas pequeñas: aportaciones de los hogares, breves y locales, que pasaban por la campana de cada barrio en vez de ser arrastradas hacia un único corazón lejano.
El sistema antiguo necesitaba más gente. Menos de cada persona, pero la participación de todos los barrios, incluidos los ricos.
—Ahora pueden quitárselo a los hogares que no tienen dinero para pagar sustitutos —dijo ella.
A Tarin se le tensó la mandíbula.
—Sí.
El agua empezó a cubrirles las puntas de las botas.
Él envolvió los libros mientras ella inspeccionaba la plataforma de carga. El muro de contención bajo el canal del Noveno Muelle se había abierto por una junta. Dentro se acumulaba una gruesa costra de sal.
—Esto no aguantará toda la carga —dijo Iona.
Tarin se acercó a mirar.
—No.
—¿Qué hay encima?
Él la miró. Ella ya lo sabía.
El Noveno Muelle. Su calle. El taller que su padre había levantado con dos habitaciones y un préstamo que no llegó a pagar antes de morir.
Por debajo discurría un antiguo aliviadero hacia un dique seco abandonado. En los planos más recientes, aquel paso estaba sellado.
—Tendremos que buscar otra salida para la presión —dijo Tarin.
—Añádelo a la lista.
Una ola golpeó el muro exterior. La sala pareció tomar aire. De pronto, el agua les llegó a los tobillos.
Echaron a correr.
En el recodo, Iona resbaló. La bota se le metió en una grieta entre las piedras y quedó atrapada. El farol osciló, esparciendo luz por el techo.
Tarin dejó los libros en un escalón más alto y se arrodilló en el agua.
—¿Puedes mover el pie?
—No.
—Voy a sacar la bota. Agárrate a la barandilla.
Ella obedeció. Él movió el cuero con cuidado y después tiró más fuerte. La bota salió, pero el pie de Iona seguía en el agua.
—Estupendo —dijo ella—. Has salvado la parte barata.
Él levantó la vista un instante y se rio. Después la sujetó por la cintura, la alzó hasta el escalón libre de encima y le devolvió la bota.
La soltó en cuanto estuvo firme.
Durante varios segundos, Iona siguió sintiendo con exactitud dónde habían estado sus manos.
Kes los recibió en el embarcadero con cara de mal tiempo.
—Os daba otro minuto. Después iba a vender tus herramientas.
—Me parece justo —dijo Iona.
Tarin ayudó a cargar los libros. Se había rasgado la manga contra la piedra y le sangraba un corte superficial en el antebrazo.
Iona sacó un trozo de tela limpia de su bolsa de reparaciones y extendió la mano.
—El brazo.
Él se lo tendió.
Mientras la barca avanzaba hacia la luz creciente, ella le vendó el corte. El pulso latía firme bajo sus dedos. Parecía injusto que un hombre pudiera haber participado en algo que ella odiaba y que, aun así, el tacto de su piel resultara cálido.