Capítulo 7 · 4 min de lectura
Dos raciones
Arthur bajó al puerto y compró patatas fritas, porque eran casi las cuatro y nadie había comido.
No se dio cuenta de que había pedido dos raciones hasta que la mujer terminó de envolverlas. Se quedó fuera del local con el papel caliente en las manos y, por primera vez en toda la tarde, se sintió un poco ridículo.
Había hecho un largo viaje para enfadarse con Clara, que acababa de perder algo que deseaba. Lo sabía. También sabía que ella lo había colocado entre el público de una obra que todos los demás sabían cancelada.
Las dos cosas podían ser verdad. No sabía cómo ponerlas en la misma frase.
Envió un mensaje: En el puerto. He comprado comida. Ahora vuelvo.
Clara respondió casi al instante: Bajo yo.
Encontró un banco desde el que se veían tres barcos de pesca y un cubo volcado. Era menos pintoresco que las postales del escaparate. Lo prefería así.
Una gaviota se posó a su lado e inspeccionó los paquetes.
—No —dijo.
La gaviota se mantuvo optimista.
Clara bajó la cuesta con el abrigo rojo en el brazo en lugar de puesto. Tenía la cara enrojecida a manchas. Él miró los barcos hasta que ella se sentó.
—¿Sal? —preguntó.
—Sí.
—¿Vinagre?
—Sí.
—Bien. Ya llevan.
Comieron. La gaviota se acercó. Clara movió el pie y el animal retrocedió una distancia tan pequeña que resultaba insultante.
—Debería habértelo dicho —dijo ella.
—Sí.
—Sé que no tienes por qué ponérmelo más fácil, pero podrías esperar medio segundo.
Casi sonrió.
—No esperaba que fracasaras —dijo él.
Ella miró las patatas dentro del papel.
—Esperaba que hubiese problemas. Es un negocio. Siempre hay problemas. Con las cifras, al menos, sabía cómo ayudar.
—Necesitaba que te gustara la idea primero.
—Me gustaba.
—No lo dijiste.
Observó a un hombre que llevaba un rollo de cuerda por el muelle.
—No.
Clara se comió otra patata. Cuando volvió a hablar, lo hizo más bajo.
—No parabas de decir que sería mucho trabajo. Llevo trabajando en cocinas desde los dieciséis. Sé lo que es trabajar duro.
—Lo sé.
—Y mamá siempre daba a entender que valorabas lo que hago más de lo que tú decías.
Arthur dejó las patatas.
—Ella no se lo estaba inventando.
—Ahora lo sé. Creo. Pero no puedo seguir adivinándolo.
El puerto olía a gasóleo y a cuerda mojada. Una pequeña ola levantó un barco contra sus defensas, que chirriaron suavemente.
—No sé cómo hacer esto sin ella —dijo Arthur.
Clara dejó de comer.
Siguió mirando el barco.
—Nada de esto. La casa. Tú. Fui su marido durante veinte años. Sabía más o menos lo que eso suponía. Luego ella ya no estaba y yo no sabía qué partes de mi vida seguían siendo mías.
—¿Y yo era una de esas partes?
—No como un objeto. Quiero decir que no sabía si todavía querías…
Se interrumpió. Por eso prefería los pernos. Se podía hacer fuerza sobre ellos sin producir una frase que no era la que uno quería decir.
—¿Si seguía queriéndote en mi vida? —preguntó ella.
Él asintió.
Puso sus patatas entre los dos.
—Arthur. En el funeral me senté en la segunda fila.
—Lo sé.
—Tu hermano estaba delante. Y sus hijos. Yo me quedé de pie y nadie se movió. Tú me miraste y señalaste la fila de atrás. Sé que no lo hiciste con mala intención. Pero era mi madre.
Recordó la sala llena. El programa de la ceremonia que se le escurría de la mano. La búsqueda de un asiento para ella y el alivio de haber encontrado uno.
—Creía que estaba ayudando —dijo.
—Lo sé.
—Dios.
—Y después todos preguntaron cómo estabas. Y estaba bien. Claro que estaba bien. Pero yo me sentía como una visita en tu dolor.
Arthur puso una mano en el banco, entre ambos. Todavía no la tocó.
—Debería haberles pedido que se apartaran.
—Sí.
—Debería haberte tenido a mi lado.
—Sí.
Se quedó con aquella respuesta. No había nada que pudiera arreglarle.
Clara se echó el abrigo sobre las rodillas.
—Dejé de responder porque no sabía cómo decirte todo eso sin hacerte sentir peor. Luego dejabas un mensaje sobre la lavadora, o preguntabas si había cambiado de dirección. Y me enfadaba porque pensaba que no tenías nada más que decirme.
—Buscaba razones para llamar.
—Ahora también lo sé.
Él acercó la mano un poco más. Ella apoyó dos dedos en el dorso, como hacía Helen cuando quería llamar su atención sin interrumpir a otra persona.
—No he venido para nivelar la mesa —dijo.
—Ya me lo había figurado.
—Quería ir a algún sitio contigo.
Mantuvo los dedos donde estaban.
—¿Incluso si no tengo un restaurante?
—Sí.
—¿Incluso si consigo un trabajo haciendo natillas para trescientas personas?
—Son muchas natillas.
—Sí.
—Tu madre lo habría aprobado. Mejor que echarlas por las paredes.
Clara se rio, sin esperarlo y lo bastante fuerte para ofender a la gaviota.
Se terminaron las patatas. Para entonces estaban frías, pero ninguno sugirió tirarlas.