Capítulo 9 de 100%

Capítulo 9 · 4 min de lectura

La furgoneta vacía

Arthur se fue el viernes después de desayunar.

Había dormido mal en la pensión y le había dicho a Clara que había dormido bien, porque no quería que el viaje fuese otra cosa que ella creyera haber hecho mal. Luego, mientras untaba mantequilla en una tostada, se corrigió.

—En realidad había una tubería que hacía ruido. Y la almohada era rara.

—¿Qué tenía de rara?

—Parecía llena de almohadas más pequeñas.

Ella asintió con seriedad profesional.

—Eso es raro.

Estaban sentados a la mesa. Su mesa, aunque Arthur intentaba dejar de llamarla así. La luz de la mañana entraba por la ventana trasera del café y hacía que la pata reparada pareciera casi blanca.

Clara había bajado un cuaderno. No era un plan de negocio. Solo una lista de preguntas para Rosa y algunas ideas de menú unidas por flechas.

Arthur lo leyó cuando ella se lo ofreció.

—Suena bien —dijo él.

—¿Qué parte?

—La tarta de cebolla. Y el pollo. No estoy seguro de esto.

—Eso no es comida. Pone delantales de repuesto.

—Oh.

Recuperó el cuaderno sonriendo.

Ayudó a Rosa a mover un saco de harina, recogió su bolsa en la pensión de enfrente y comprobó la furgoneta vacía. Sin la mesa olía más a alfombrillas de goma y a quien la hubiera alquilado antes.

Clara estaba junto a la puerta del acompañante.

—Escríbeme cuando llegues —dijo.

—Lo haré.

—Y envíame una foto del piso.

—No es mucho.

—No te he pedido una foto de agencia inmobiliaria. Solo quiero ver dónde estás.

Él asintió.

Lo abrazó. Él esperaba el abrazo rápido de Navidad, una mano en el hombro, los dos preparándose ya para separarse. Pero ella lo sostuvo hasta que dejó de darle palmaditas en la espalda.

—Gracias por traerla —dijo.

—De nada.

—Y por venir.

Cerró los ojos por un momento.

—Sí —dijo él—. De nada.

La furgoneta traqueteaba más sin la carga. Arthur lo notó poco después de salir de la ciudad y se detuvo para comprobar las cinchas. Luego se quedó ante las puertas traseras abiertas, mirando un espacio que él mismo había vaciado.

Metió las cinchas sueltas en una bolsa. No había nada más que hacer.

En el área de servicio donde habían comido el miércoles, compró un té y un sándwich de queso. Le hizo una foto al sándwich y se la mandó a Clara: ¿Sigue siendo adecuado?

La respuesta llegó mientras se sentaba.

Para alguien de tu edad, sí.

Se rio. La mujer de la mesa de al lado levantó la vista y volvió a su periódico.

Devolvió la furgoneta aquella tarde. Eddie llamó cuando volvía a casa andando desde la empresa de alquiler.

—Sale bien en la foto —dijo Eddie.

—Sí.

—Ese fresno se oscurecerá un poco.

—Lo sé.

—Por supuesto que sí.

—Me ha dicho que ya sabes lo de la estación —dijo Eddie, después de que hablaran un rato de asuntos sin importancia.

—Sí.

—Lo siento. No quería ser yo quien lo dijera.

—Lo entiendo.

Pasó un autobús y tapó lo que Eddie dijo después. Arthur le pidió que lo repitiera.

—He dicho que tiene derecho a contarnos cosas distintas.

Arthur esperaba el semáforo en un paso de peatones.

—Sí —dijo—. Por lo visto.

Ninguno de los dos se sentía del todo cómodo con esto. Parecía un punto de partida razonable.

La semana siguiente, Arthur se mudó al piso de encima de la tienda de teléfonos. En el dormitorio cabía la cama y poco más. La ventana del salón daba a una hilera de chimeneas y a las ramas altas de un árbol en el jardín de otra persona.

Sacó de la caja la taza del tejón. Puso la foto de Helen en una balda, la pasó a otra y acabó dejándola en la primera. Para cenar compró sopa y se la comió en una pequeña mesa plegable que había dejado el anterior inquilino.

Clara llamó a las ocho.

—¿Tienes una cortina?

—Sí.

—¿Una?

—Hay dos. Es un piso normal y corriente, Clara.

—Estoy comprobando los hechos.

Había conseguido el puesto del hospital. Sonaba contenta, y a la vez como si tuviera que justificarlo. Él la dejó hablar de los horarios, de la mujer que la había entrevistado, de aquella cocina tan grande que se podía perder un carro dentro.

—Me gusta saber cuándo va a entrar dinero —dijo al fin.

—Recuerdo que a mí también me gustaba.

—Pensé que pensarías que me había rendido.

—No.

Se quedó callada.

—Las cenas siguen adelante —añadió.

—Iré.

—Lo sé.

Después de colgar, Arthur fregó el cuenco. La puerta del armario de encima del fregadero colgaba un poco baja. Sacó un destornillador de la caja que tenía a sus pies.

Luego lo volvió a guardar. La arreglaría al día siguiente.

Por aquella noche, abrió la ventana y escuchó a alguien que tocaba mal la trompeta, tres calles más allá.

Capítulos

La mesa que llevamos al mar

  1. 01Cuatro patas5 minutos
  2. 02Antes de llegar5 minutos
  3. 03El otro taller4 minutos
  4. 04Lo que saben los padres5 minutos
  5. 05Una pata de otro sitio5 minutos
  6. 06La estación sin trenes4 minutos
  7. 07Dos raciones4 minutos
  8. 08Las condiciones de Rosa4 minutos
  9. 09La furgoneta vacíaEstás leyendo4 minutos
  10. 10La cena de las siete4 minutos

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