Capítulo 1 de 100%

Capítulo 1 · 5 min de lectura

Cuatro patas

La mañana en que Clara vino a buscar la mesa de la cocina, Arthur desayunaba una tostada de pie junto al fregadero.

La mesa descansaba boca abajo sobre dos mantas. Había desmontado tres patas y se estaba pensando la cuarta, que no le había perdonado el húmedo invierno de 2004. Junto a la mermelada había una llave de tubo. De vez en cuando la cogía, volvía a probar con el perno y la dejaba sin decir nada.

Helen habría tenido algo que decir. Sobre su empeño en complicar el desayuno más de lo necesario, por ejemplo. O le habría sugerido sacarla fuera y pegarle un tiro, su solución habitual para casi todos los problemas de muebles.

Terminó la tostada. El reloj de la cocina marcaba las nueve y diez. Clara había dicho las nueve, pero él sabía que eso quería decir en algún momento antes de comer.

Cuando llegó la furgoneta, estaba de pie sobre un extremo de la llave.

—¿Es una técnica homologada? —preguntó ella desde la puerta.

—Para quien sabe lo que hace.

—Bien. Esperaré a que aparezca alguien que sepa.

Llevaba un abrigo rojo que él no conocía. Tenía el pelo más corto, a la altura de la mandíbula, y una quemadura reciente en la cara interior de la muñeca. Él la vio y apartó la mirada. A sus veintiocho años, no le habría hecho gracia que le preguntase si había tenido cuidado.

—Llegas tarde.

—La primera furgoneta olía a diésel.

—Es una furgoneta diésel.

—Por dentro, Arthur.

—Oh.

Se miraron por encima de la mesa boca abajo.

—¿Té? —preguntó él.

—Sí.

Había guardado las tazas en cajas la noche anterior. Para encontrarlas tuvo que abrir tres, porque en todas las de la cocina había escrito COCINA. Clara parecía disfrutar con eso.

—Muy metódico.

—Sé lo que hay dentro.

—¿Qué?

—Cosas de cocina.

Se quitó el abrigo. Debajo llevaba un viejo jersey verde de Helen, con las mangas vueltas dos veces. Arthur estuvo a punto de decir algo. Luego recordó que Clara lo había llevado en Navidad y que también entonces había estado a punto de decir algo.

El hervidor hacía mucho ruido en la habitación vacía.

—Has quitado las fotos —dijo ella.

—El comprador vendrá a medir el lunes.

—¿Y?

—Pues que me mudo.

—Eso ya lo sé.

Puso las bolsitas de té en las tazas. Una tenía un dibujo de un tejón. En la otra ponía LA MEJOR MAMÁ, con las letras ya algo gastadas.

Las intercambió antes de darle una. Ella se dio cuenta.

Llevaban trece meses esquivando así las cosas pequeñas, con cuidado de no romper lo que ya estaba roto.

—¿Adónde te mudas? —preguntó Clara.

—Un piso encima de una tienda. Cerca del taller.

—¿Qué tienda?

—Una tienda de teléfonos.

—Está bien.

—Tiene entrada independiente.

—Ya suponía que no tendrías que pasar entre los teléfonos.

Había querido que le preguntara por el piso. Ahora que lo hacía, quería dejar de describírselo.

Fue a la puerta trasera y miró el jardín. El romero invadía el sendero. Helen solía podarlo con las tijeras de cocina y luego se quejaba de que todo lo que cortaba sabía a cordero.

—¿Qué pasó con la silla azul?

—La llevé a la tienda de la asociación benéfica.

—Dije que a lo mejor la quería.

—Dijiste que no tenías espacio.

—Entonces no tenía.

Hizo girar por el asa la taza del tejón.

—Dijiste que la mesa era lo único que querías.

—No. Me preguntaste qué quería. Dije la mesa.

Ahora que ella lo había dicho, oía la diferencia. No sabía qué hacer con ella.

—La furgoneta está fuera —dijo él.

—Sí. La vi cuando la traje.

Entre los dos desmontaron la cuarta pata. Clara sujetaba la mesa mientras Arthur cargaba su peso sobre la llave. El perno cedió con un ruido parecido a una queja discreta. Él se golpeó los nudillos contra el bastidor y soltó una palabra que Helen había prohibido a la hora del desayuno, aunque no en las demás comidas; en eso no había sido muy coherente.

Clara se rió.

Debajo del tablero, cerca del borde, alguien había dibujado un perrito con rotulador permanente. Arthur pasó el pulgar por encima.

—Tú hiciste eso.

—Lo sé.

—Culpaste al perro.

—Yo tenía ocho años.

—No teníamos perro.

—No era muy buena delincuente.

Envolvieron las patas en toallas viejas. Arthur encontró los números que había marcado a lápiz la última vez que desmontó la mesa. Clara las sacó de dos en dos. Él la dejó. Levantaron juntos el tablero, pasaron de lado por la puerta y se quedaron en la entrada, respirando bastante más fuerte de lo que cualquiera de los dos quería admitir.

La furgoneta era lo bastante larga. Arthur comprobó las cinchas y luego volvió a comprobarlas.

—No tienes que venir —dijo Clara.

—Alguien tendrá que volver a montarla.

—Sé lo que es un destornillador.

—Tendrá que quedar nivelada.

—Seguro que en la costa hay gente capaz de hacerlo.

Tensó una cincha que no necesitaba tensarse.

—He dicho en la empresa de alquiler que conduzco yo.

Ella lo observó un momento y luego le dio las llaves.

—No vamos a ir directamente allí.

—Está bien.

—Quiero parar en un sitio por el camino.

—¿Cuánto nos desviamos?

—Un poco.

No volvió a preguntar. Era más tiempo juntos del que ella le había ofrecido en todo un año.

Capítulos

La mesa que llevamos al mar

  1. 01Cuatro patasEstás leyendo5 minutos
  2. 02Antes de llegar5 minutos
  3. 03El otro taller4 minutos
  4. 04Lo que saben los padres5 minutos
  5. 05Una pata de otro sitio5 minutos
  6. 06La estación sin trenes4 minutos
  7. 07Dos raciones4 minutos
  8. 08Las condiciones de Rosa4 minutos
  9. 09La furgoneta vacía4 minutos
  10. 10La cena de las siete4 minutos

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