Capítulo 10 · 4 min de lectura
La extensión que faltaba
Pusimos la casa en venta el otoño siguiente.
Las obras estaban terminadas. Los hechos que había que comunicar se habían comunicado. Hubo reuniones sobre dinero, firmas y asuntos que delegaba siempre que podía. Antes había creído que ser competente significaba hacerlo todo sola. Tamsin me curaba poco a poco de aquello.
Volví para hacer el último inventario una mañana sin lluvia. Habían abierto las ventanas. Sin los muebles de mi madre, las habitaciones parecían más pequeñas en algunos puntos y más grandes en otros.
La mesa del comedor seguía allí. No valía lo suficiente para justificar el coste de guardarla y nadie la había querido.
En el cobertizo, detrás de un cortacésped roto, encontré la pieza de extensión que faltaba.
La habían usado como balda. Tenía cercos de macetas en un lado y una línea de pintura azul a lo largo del borde. La llevé al comedor y separé las dos partes de la mesa.
Las guías se atascaban. Saqué cera del maletín, la trabajé sobre la madera y probé otra vez. Aquel era un trabajo que conocía. Algo no se movía y había una razón. Podía encontrarla y ocuparme de ella.
La pieza encajó. La mesa estaba hecha para recibirla.
Louise llegó con Kit poco después de las once. Había preguntado si podían venir a por las últimas cosas de Kit. Habíamos acordado que sería mejor hacerlo juntas.
Mi sobrina había crecido. Los niños siguen creciendo en medio de sucesos de los que los adultos esperan que detengan el tiempo.
Fue directa al comedor.
—Es más grande.
—Siempre se ha podido ampliar.
—¿Por qué la abuela no la hizo más grande?
—No lo sé.
Cada vez se me daba mejor decirlo sin añadir una explicación para complacer a alguien.
Kit llevó la lámpara del conejo al coche. Al volver se quedó un rato a mi lado, mirando cómo escribía.
—Papá dice que ya no lo quieres.
Louise se movió en el umbral. Negué levemente con la cabeza. Habíamos hablado de preguntas como aquella. Kit tenía derecho a hacerlas.
—Es más complicado —dije—. No me gusta lo que hizo. Estoy muy enfadada con él.
—¿Yo puedo seguir queriéndolo?
—Sí.
—Hace las mejores tostadas.
—Lo sé.
Se apoyó en la mesa.
—Mamá me ha hablado de la tía Evie. Ha dicho que yo le habría caído bien.
Miré a Louise.
—Creo que sí —dije—. Seguramente te habría enseñado cosas que tu madre habría preferido que no aprendieras.
—¿Como palabrotas?
—Casi seguro.
Kit lo pensó. Luego preguntó por qué sonreía si la historia era triste.
—Porque ella era más que esa historia triste.
Giré el cuaderno para que pudiera verlo. Una mesa extensible. Una pieza de extensión adicional. Superficie marcada. Estructura sólida.
—¿La vas a vender?
—Eso pensaba hacer.
—Es lo bastante grande para tu trabajo. Donde trabajas con Tamsin.
Lo era. Demasiado grande para mi piso, pero en el taller cabrían catálogos, fotografías y objetos pendientes de reparar. No estaba obligada a odiar todos los objetos que habían sido testigos de nuestras vidas.
Taché la indicación de darle salida y anoté que había que recogerla.
Kit encontró un lápiz en el maletín y pidió una hoja de papel. Nos dibujó alrededor de la mesa ampliada. Tamsin también estaba, aunque no se encontraba en la habitación. No había sol ni perro inventado. Kit nos puso a todos unas manos enormes.
—Son muy grandes —dije.
—Están haciendo cosas.
Louise se sentó. Yo me senté a su lado. La habitación olía a cera y al polvo tibio levantado al mover los muebles.
Kit alzó la vista del dibujo.
—Mamá ha dicho que había una historia de una naranja.
—La hay.
—Cuéntala bien. No se acordaba de todo.
Así que lo hice.
Le conté lo que había dicho Evie, lo que había dicho nuestro padre y lo despacio que mi hermana había pelado aquella naranja. Le hablé de la pepita que había mantenido en equilibrio en la punta de la lengua, donde solo yo podía verla.
Esta vez no paré en la parte en que nos castigaron.
Fin

