Capítulo 3 · 3 min de lectura
El cartel
Quitaron la puerta de cristal de la caja del reloj. Ada la envolvió en un paño de cocina viejo mientras Mara sostenía los pasadores de las bisagras. Eran dos y no medían lo mismo. Los metió en un sobre y apuntó dónde iba el corto.
—Si alguna vez quieres que vuelva a funcionar… —empezó Ada.
—No quiero.
Su madre metió hacia dentro una esquina del paño.
—Nunca me gustó —dijo Mara—. En el mercadillo me pareció una gran idea. Ochenta euros por algo que otros venden a trescientos. No paraba de repetirlo.
—Estabas muy segura de quererlo.
—Sí.
Ada dejó el paquete sobre el mostrador.
—Lo he guardado todos estos años.
—Lo sé.
A las dos les entró sed, aunque ya no quedaba café. Mara llenó dos vasos en el grifo.
—Lo llevaré a la tienda de segunda mano —dijo—. Con el mecanismo. Que vean qué hacen con él.
Ada asintió, pero aun así pasó un paño suave por la parte de arriba. La caja del reloj solo cabía en el coche con los asientos traseros abatidos. Mara acercó el coche a la puerta y entre las dos la metieron. Su madre quiso dejar la caja del mecanismo al lado. Mara señaló el suelo detrás del asiento del acompañante. Ada la puso allí. Mara dejó la puerta envuelta en el asiento delantero y metió el sobre de los pasadores con el mecanismo.
De vuelta en la tienda, la silla de los clientes estaba vacía. Quedaba una marca redonda en el asiento. Mara se sentó mientras Ada volvía a sacar la escalera a la calle.
—No has terminado el cartel.
—De momento puedo poner una nota.
—¿Tienes un pincel más fino?
Ada abrió un cajón. Debajo de una cinta métrica había un pincel con pintura azul seca en el mango. Mara tanteó las cerdas con el pulgar. Primero trazó las letras a lápiz. Apenas quedaba sitio entre el borde y los demás días, así que escribió solo CERRADO.
Cuando iba por la primera R sonó la campanilla de la puerta. Un hombre con un reloj de pared bajo el brazo preguntó si Ada podía escucharlo un momento. Ya lo estaba dejando en el mostrador.
—Mañana vuelvo a estar aquí —dijo Ada.
—Es un ruidito de nada. Por lo demás va perfectamente.
Ada se limpió las manos en el delantal.
—A partir de las nueve.
El hombre miró a Mara, que mantenía el pincel en el aire sobre el cartel. Ella volvió a mirar la letra a medias. Al cabo de un momento, él recogió su reloj.
A las doce menos cinco, el coche de la autoescuela se detuvo unas puertas más allá. Ada se quitó el delantal. Tenía una mancha oscura en la blusa, junto al bolsillo. Mara casi alargó la mano para frotarla.
—¿Es pintura? —preguntó Ada.
—Aceite, creo.
—Entonces da igual.
Mara se quedó en la puerta mientras su madre caminaba hacia el coche. Ada reguló el asiento y después el retrovisor. Tardó más de lo que Mara esperaba. Una furgoneta se detuvo detrás del coche de prácticas. El conductor tamborileó con dos dedos en el volante. Ada volvió a mirar por encima del hombro.
Solo cuando el coche se había ido, Mara colgó el cartel de los dos tornillos. Las letras aún estaban húmedas. Cerró la puerta de la tienda y comprobó el picaporte. Su madre no le había dado una llave.
Fin

