Capítulo 3 · 3 min de lectura
Hilo a hilo
Pusieron el pulpo y la tela en la mesa grande. Ilyas trajo las tijeras de todas formas, pero las dejó muy lejos, junto a las pieles de mandarina.
—Dime qué puedo hacer.
Mila tragó saliva. La abuela no estaba enfadada. Eso hacía más fácil mirar el nudo.
La anilla metálica había atravesado un hilo flojo. Al tirar del títere, Ilyas había enrollado aquel hilo alrededor del alambre. Ahora había tres lazadas diminutas, una encima de otra.
La abuela dejó sobre la mesa una aguja de zurcir de punta roma.
—No tires. Primero hay que hacer un poco de sitio.
Mila deslizó la aguja bajo la lazada exterior. El hilo era más suave que la seda. Se movió demasiado deprisa y se le escapó. El hoyo oscuro se hizo un poquito mayor.
Dejó la aguja. Ilyas sujetaba el pulpo sin moverlo. La abuela sirvió un vaso de agua y lo puso lejos de la tela.
En el segundo intento, Mila soltó el aire primero. Levantó la lazada apenas un milímetro. Debajo encontró la siguiente. Siguiendo sus indicaciones, Ilyas giró el títere exactamente un cuarto de vuelta.
La primera lazada quedó libre.
Pasó un autobús por la calle. En el pasillo estaban apilando sillas. Mila lo oía todo, pero solo miraba aquel hilo.
Para soltar la última lazada había que volver a pasar el pulpo por el hueco del que había salido. Le parecía justo lo contrario de lo que debían hacer. Sin embargo, por fin se soltó el metal.
El hoyo seguía allí. Mila separó los hilos con la aguja, despacio, como quien desenreda el pelo. Poco a poco volvió la luz entre ellos.
En casa, extendieron la tela en el balcón con el lado brillante hacia arriba. Mila quiso pedir una hora más para tenerla en su mesilla. Pero le dolían los dedos y ya sabía cuánto podía costar devolver algo con cuidado.
La luz no saltó al cielo de golpe. Se marchó hilo a hilo. Primero palidecieron los bordes y después el centro. Quedó una tela gris, suave y un poco fría.
Mila la ató con la cinta azul. La abuela la guardó detrás de las fundas.
El abrigo seguía colgado de la puerta de la habitación. Mila lo cambió a un gancho más bajo y volvió a ser solo un abrigo. La abuela dejó la puerta entreabierta.
La almohada tenía otra funda, sin botones. Con la poca claridad del pasillo, Mila vio una única fibra plateada sobre su pulgar.
Sopló. La fibra se alejó flotando, sin brillar.
Fin

