Capítulo 2 · 3 min de lectura
Un mar sin agua
La sala olía a mandarinas. Seis niños estaban ya sentados en cojines delante del teatrillo. Detrás de la cortina, el señor Ilyas arreglaba un pulpo. Por debajo de la tela asomaba un tentáculo morado.
La obra trataba de un pescador que sacaba del mar una bota con un jardín dentro. Mila había recortado las flores la semana anterior. La más pequeña solo tenía tres pétalos, porque entonces se le habían atascado las tijeras.
En cuanto todos se sentaron, la lámpara del teatrillo parpadeó y se apagó. El señor Ilyas pulsó dos veces el interruptor. Nada.
Las luces del techo funcionaban, pero dejaban a la vista las manos que movían los títeres. Además, con aquella iluminación, el mar de tul azul parecía un trapo lleno de polvo.
—Yo tengo una linterna —dijo alguien.
El haz formó un círculo blanco demasiado fuerte. Ahora el pulpo parecía un guante enfadado.
Mila notó el bulto suave en el bolsillo. Se acercó a su abuela y le enseñó una esquina luminosa.
—¿Podríamos usarla?
La abuela miró detrás de la cortina.
—Siempre que Ilyas no la clave a ninguna parte.
La colgaron de una barra lisa de madera, detrás del tul azul. No cortaron ni pegaron nada. La luz atravesó la tela fina y el pequeño mar comenzó a brillar. Parecía que algo respiraba despacio en el fondo del agua.
El señor Ilyas levantó al pescador. Sus ojos pintados ya no parecían torcidos, sino preocupados. Los niños se acercaron un poco más.
Mila se sentó detrás. Sabía exactamente cuándo iba a aparecer la bota y, aun así, se echó a reír. El pulpo quería comprarla para guardar ocho calcetines. «Pero esas flores tendrán que salir», gruñía.
Al terminar, los niños aplaudieron tanto que el señor Ilyas volvió a sacar al pulpo para saludar. En aquella segunda inclinación, una pequeña anilla de alambre de la cabeza del títere enganchó un hilo de la tela.
No se oyó ningún desgarro. Eso fue lo peor: durante un instante pareció que no había pasado nada.
Después Ilyas bajó el títere y la tela lo siguió. En medio de la luz apareció un pequeño hoyo oscuro. Alrededor se amontonaban los hilos de plata.
—Voy a buscar las tijeras —dijo él.
—¡No la corte!
Mila ya estaba a su lado.