Capítulo 1 · 3 min de lectura
Una luz sin casa
—Un libro más y la bolsa te la llevas tú —dijo Sami.
Noor metió de todos modos el libro de las nutrias. Tenía diez años, los mismos que Sami, pero contaba con permiso para llevar hasta tres libros en el portaequipajes de su bicicleta. Según él, era una autorización excepcional.
Al llegar al puente, se bajaron de las bicis. Ya empezaba a oscurecer temprano. A sus espaldas, la bibliotecaria encendió la luz de la entrada. En la otra orilla, los juncos estaban en sombra.
Entonces se encendió entre ellos una lucecita amarilla.
—Alguien pescando —dijo Sami.
La luz desapareció y volvió a verse un poco más allá. Noor se apoyó en la barandilla. No había caña de pescar, ni cabeza, ni barco grande. Solo aquel puntito que parecía suspendido sobre el agua.
—Un pez con linterna —rectificó Sami.
—Pues la lleva del revés. —Debajo de la luz temblaba otra mancha, mucho más larga y estrecha.
Noor fue a buscar a su padre, que los esperaba junto a la biblioteca. Él iluminó el agua con el foco de la bicicleta, pero los juncos eran tan espesos que no dejaban ver nada al otro lado. Los tres se quedaron en el puente.
—Mañana podemos volver, con luz —dijo él—. Nos espera la cena.
Justo antes de irse, vieron que la lucecita se desplazaba a la izquierda, hacia el molino. Por un instante asomaron un borde blanco y algo rojo encima. Luego todo quedó oculto tras un grupo de juncos.
En casa, Noor lo dibujó en un tique: círculo amarillo, raya blanca, cosa roja. Su padre se asomó por encima de su hombro.
—¿Un huevo sobre una tostada?
—Una pista.
Dobló el tique y se lo guardó debajo de la correa del reloj. Sami volvería con ella al día siguiente. Eso estaba decidido, aunque para entonces hubiera caducado el permiso para transportar libros.